El inevitable duro aterrizaje de la economía mundial

Nouriel Roubini, 03/01/2008,
Project Syndicate

En las últimas semanas se ha agravado la contracción de la liquidez mundial y del crédito que empezó en agosto. Esto es fácil de demostrar: en Estados Unidos, la zona del euro y el Reino Unido, el margen entre la tasa LIBOR (a la que se contratan los préstamos interbancarios) y las tasas de interés de los bancos centrales –así como las de los bonos de gobierno—es extremadamente elevado, y ha aumentado desde que inició la crisis. Esto es señal de temor ante el riesgo y de desconfianza de las contrapartes.

Sin duda, los bancos centrales más importantes han inyectado docenas de miles de millones de dólares de liquidez al sector bancario comercial, y la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra y el Banco de Canadá han disminuido sus tasas de interés. Pero el empeoramiento de las condiciones financieras demuestra que esta respuesta de política ha fracasado rotundamente.

Por ello, no debe sorprender que los bancos centrales se estén alarmando cada vez más ante la crisis más grave desde el inicio de la globalización financiera. El anuncio reciente de inyecciones de liquidez por parte de la Reserva Federal y otros cuatro bancos centrales importantes es, para decirlo sin rodeos, insuficiente y llega demasiado tarde.

Estas medidas no lograrán reducir significativamente los márgenes interbancarios porque la política monetaria no puede corregir los problemas centrales subyacentes de la crisis. El problema no es sólo la falta de liquidez –instituciones financieras con pasivos a corto plazo y activos no líquidos a plazo más largo. Hay muchos agentes económicos más que se enfrentan a dificultades serias de crédito y solvencia, incluyendo a millones de hogares en Estados Unidos, el Reino Unido y la eurozona con hipotecas excesivas, cientos de prestamistas de hipotecas subprime en quiebra, un número creciente de constructores en riesgo, muchas instituciones financieras con altos niveles de apalancamiento en peligro y, cada vez más, empresas del sector corporativo.

Al mismo tiempo, las inyecciones monetarias no pueden resolver la inseguridad generalizada de un sistema financiero en el que la globalización y la titulización han conducido a una falta de transparencia que ha socavado la confianza. Cuando se desconfía de las contrapartes, no hay voluntad para hacerles préstamos, por más dinero que se tenga.

Estados Unidos se dirige a una recesión independientemente de lo que haga la Reserva Federal. La acumulación de problemas reales y financieros –la peor recesión de la historia en el mercado inmobiliario estadounidense, los precios del petróleo por encima de los 90 dólares por barril, una contracción severa del crédito, la disminución de las inversiones del sector corporativo y los consumidores sin ahorros y cargados de deudas, golpeados por múltiples impactos negativos—hacen que una recesión sea inevitable. Otras economías también se vendrán abajo a medida que se propague la infección estadounidense.

Para mitigar los efectos de una recesión en Estados Unidos y una depresión económica mundial, la Reserva Federal y otros bancos centrales deberían estar recortando las tasas de forma mucho más agresiva, en lugar de confiar en las modestas inyecciones de liquidez que están destinadas al fracaso. El recorte de 25 puntos de base que hizo la Reserva Federal en diciembre fue insignificante en comparación con lo que se necesita; los recortes similares del Banco de Inglaterra y el Banco de Canadá ni siquiera mitigan el aumento en las tasas reales y nominales de los préstamos provocado por el agudo incremento de las tasas LIBOR. Los bancos centrales deberían haber anunciado una reducción coordinada de 50 puntos de base para mostrar que tienen intenciones serias de evitar un duro aterrizaje global.

Igualmente, la decisión del Banco Central Europeo de no reducir las tasas –con la que se autoengaña creyendo que podrá aumentarlas cuando la contracción del crédito supuestamente “temporal” termine—es equivocada. Con las burbujas inmobiliarias que se están desinflando, los elevados precios del petróleo y un euro fuerte que ya está impidiendo el crecimiento, el BCE está prácticamente asegurando una abrupta desaceleración en la zona del euro.

En cualquier caso, las medidas recientemente anunciadas por la Reserva Federal y otros bancos centrales están mal encauzadas. Los mercados financieros están dominados por instituciones no bancarias –bancos de inversión, fondos del mercado monetario, fondos de cobertura, prestamistas hipotecarios que no aceptan depósitos, los llamados “vehículos de inversión estructurada” e incluso los fondos de inversiones de estados y gobiernos locales—que no tienen acceso directo o indirecto al apoyo de liquidez de los bancos centrales. Todas estas instituciones no bancarias corren ahora el riesgo potencial de una crisis de liquidez.

En efecto, la legislación estadounidense prohíbe estrictamente a la Reserva Federal hacer préstamos a instituciones que no reciben depósitos, salvo en casos de emergencia. Pero eso supone un proceso de aprobación complejo y oneroso y el depósito de garantías prendarias de alta calidad. Y la Reserva Federal nunca ha hecho préstamos a instituciones que no reciben depósitos.

Por ello, el riesgo de que se dé algo equivalente a una estampida contra el banco en el caso de las instituciones financieras no bancarias, debido a sus pasivos a corto plazo y sus activos no líquidos a plazo más largo, está aumentando –como lo indican las estampidas recientes contra ciertos bancos (Northern Rock), fondos del mercado monetario, fondos de inversión estatal y fondos de cobertura. Hay pocas probabilidades de que los bancos vuelvan a prestarle a estas instituciones no bancarias los fondos que les prestaron los bancos centrales, dados los propios problemas de liquidez de estos bancos y la desconfianza hacia sus contrapartes no bancarias.

Se necesitarán reformas políticas, normativas y de supervisión profundas para arreglar el desorden actual y crear un sistema financiero global más sólido. La política monetaria no puede por sí sola resolver las consecuencias de la falta de acción de las instancias de regulación y supervisión cuando se cometieron los excesos en cuestión de créditos de los últimos años. Así pues, son inevitables el duro aterrizaje para Estados Unidos y la desaceleración global. Una reducción mucho mayor y más rápida de las tasas de interés oficiales podría, en el mejor de los casos, afectar la duración de la desaceleración.

Nouriel Roubini es presidente de RGE Monitor (www.rgemonitor.com), una consultoría en asuntos económicos, y profesor de economía en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York .
Copyright: Project Syndicate, 2007.

Traducción de Kena Nequiz

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