La tiranía del Rey Algodón
Joseph E. Stiglitz, 08/11/2006, Project SyndicateA los estadounidenses les gusta pensar que si los países pobres no hacen más que abrir sus mercados, habrá prosperidad de manera natural. Lamentablemente, en lo que concierne a la agricultura, esto no es más que retórica. Estados Unidos habla sólo de la boca para afuera acerca de los principios del libre mercado, favoreciendo a los grupos de presión de Washington y a los contribuyentes de las campañas, que exigen exactamente lo opuesto. De hecho, son los propios subsidios agrícolas de EE.UU. lo que ha contribuido a acabar, al menos por ahora, con la así llamada Ronda Doha de desarrollo de negociaciones comerciales, que se suponía que iba a dar a los países pobres nuevas oportunidades de optimizar su crecimiento.
Los subsidios dañan a los agricultores de los países en desarrollo, porque generan una mayor producción y reducen los precios globales. La administración Bush, supuestamente comprometida con los libres mercados de todo el mundo, en realidad casi ha duplicado el nivel de los subsidios agrícolas en EE.UU.
El algodón es un caso ilustrativo del problema. Sin subsidios, no sería rentable para los estadounidenses el producirlo; con ellos, EE.UU. es el mayor exportador mundial de este producto. Cerca de 25.000 agricultores ricos del algodón de EE.UU. se dividen de $3 a $4 mil millones en subsidios, y la mayoría de este dinero termina en una pequeña fracción de destinatarios. La mayor oferta deprime los precios del algodón, afectando a cerca de 10 millones de agricultores sólo en el África subsahariana.
Pocas veces tan pocos han causado tanto daño a tantos, lo que reviste aún mayor gravedad si se considera cómo los subsidios comerciales estadounidenses han contribuido al fracaso de la Ronda Doha.
En lugar de ofrecer terminar con sus subsidios al algodón, Estados Unidos ofreció abrir los mercados estadounidenses a las importaciones de este producto, lo que en esencia es un gesto vacío de relaciones públicas que rápidamente tuvo efectos contraproducentes. Debido a sus gigantescos subsidios, Estados Unidos es un exportador de algodón e, incluso si se eliminaran las barreras aduaneras, sus importaciones de este producto serían poco significativas.
En consecuencia, las recientes negociaciones comerciales tienen un cierto aire surrealista, ya que -cualquiera sea su resultado- tarde o temprano los subsidios al algodón deberán desaparecer. Brasil, frustrado con la intransigencia estadounidense, planteó su reclamo contra los subsidios algodoneros estadounidenses ante la OMC, cuyo veredicto fue el que daría casi cualquier economista: los subsidios distorsionan el comercio mundial y, por ende, están prohibidos.
Frente a la orden de la OMC, EE.UU. intentará cumplir con la letra de la ley y evitar su espíritu, haciendo cambios al programa de subsidios para asegurar un acatamiento "técnico". Sin embargo, es casi seguro que estos intentos fracasarán: al final –aunque esto puede tomar años- los subsidios algodoneros serán eliminados.
Por supuesto, los subsidios de la Unión Europea son mucho mayores, pero –en contraste con EE.UU.- Europa ha hecho algunos esfuerzos por reducirlos, especialmente los subsidios a la exportación. Si bien estos aparecen más evidentemente como factores que distorsionan el comercio, los subsidios estadounidenses al algodón y otros son casi igual de perjudiciales. Cuando generan a un aumento en la producción, con un bajo crecimiento del consumo, como es lo típico con los productos básicos agrícolas, una mayor producción se traduce directamente en más exportaciones, lo que a su vez equivale a menores precios para los productores, una baja en los ingresos de los agricultores y mayor pobreza en el Tercer Mundo, entre los que se incluyen millones de agricultores del algodón que luchan por lograr ingresos de subsistencia en condiciones semiáridas.
Estados Unidos y otros países avanzados son los verdaderos perdedores del fracaso de la Ronda Doha. Si la administración Bush hubiera cumplido sus compromisos, los contribuyentes estadounidenses se habrían beneficiado con la eliminación de los enormes subsidios agrícolas, una verdadera buena noticia en esta época de crecientes déficits presupuestarios. Como consumidores, los estadounidenses también habrían resultado beneficiados, ya que habrían tenido acceso a una mayor variedad de bienes de bajo coste provenientes de países pobres.
De modo similar, se habrían reducido las presiones migratorias, ya que, más que nada, es la enorme disparidad de los ingresos lo que hace que las personas dejen sus hogares y familias para emigrar a los Estados Unidos. Un régimen de comercio justo habría ayudado a reducir esa disparidad.
De hecho, los ciudadanos de todo el mundo desarrollado se beneficiarían con un planeta más próspero, especialmente con menos pobreza y menos gente enfrentada a la desesperanza, ya que todos sufrimos con la inestabilidad política que ésta genera.
Pero quizás es EE.UU. quien tiene más que ganar con una reactivación de las conversaciones de Doha con una oferta más creíble y generosa. Su influencia en el mundo se ha visto muy afectada en los últimos años; el hipócrita uso de la retórica del libre comercio por parte de la administración Bush, al tiempo que aplica políticas proteccionistas, no ha hecho más que empeorar las cosas.
En consecuencia, los intereses nacionales de EE.UU. exigen un cambio de política. Además, existe otra razón poderosa para hacerlo: tratar con equidad a los más pobres y menos poderosos es lo más correcto desde una perspectiva moral.
Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es catedrático de esta asignatura en la Universidad de Columbia.