Las lecciones de China para el Banco Mundial

Jeffrey D. Sachs, 12/06/2007,
Project Syndicate

El periódico China Daily publicó hace poco un artículo en su página principal que narraba cómo Paul Wolfowitz hizo uso de amenazas y vulgaridades para presionar a los altos funcionarios del Banco Mundial. El periódico observó que Wolfowitz sonaba como un personaje de la serie Los Sopranos . Al mismo tiempo que se revelaba el escándalo Wolfowitz, China era país anfitrión del Banco de Desarrollo Africano (BDA), que realizaba en Shanghai la reunión de su Junta Directiva. Se trata de una vívida metáfora del mundo actual: mientras que el Banco Mundial se encuentra atrapado en la corrupción y la polémica, China eleva hábilmente su perfil geopolítico en el mundo en desarrollo.

Por supuesto, el creciente poder de China se basa de manera importante en su notable éxito económico. La reunión del BDA se realizó en el Distrito Pudong, el más destacado sitio de desarrollo urbanístico de Shanghai. A partir de tierras que hace una generación estaban en gran parte sin uso, Pudong se ha convertido en una bullente área de rascacielos, hoteles de lujo, parques, industrias y vastas franjas de edificios de apartamentos. La economía general de Shanghai está creciendo actualmente en cerca de un 13% al año, es decir, duplica su tamaño cada cinco o seis años. En todos lados hay empresas nacientes, innovaciones y jóvenes empresarios ansiosos de obtener utilidades.

Tuve la oportunidad de participar en reuniones de alto nivel entre funcionarios africanos y chinos en las reuniones del BDA. Los consejos que recibieron los líderes africanos de sus contrapartes chinas fueron sólidos y mucho más prácticos que los que normalmente reciben del Banco Mundial.

Los funcionarios chinos recalcaron el papel de las inversiones públicas, especialmente en agricultura e infraestructura, para sentar las bases de un crecimiento impulsado por el sector privado. En una economía rural y hambrienta, como lo era China en los años 70 y lo es hoy la mayor parte de África, un punto de partida fundamental es aumentar la productividad agrícola. Los pequeños agricultores necesitan los beneficios de los fertilizantes, la irrigación y las semillas de alto rendimiento, elementos todos que fueron parte del despegue económico de China.

También se necesitan otras dos inversiones esenciales: caminos y electricidad, sin las cuales no puede existir una economía moderna. Sin ellas, puede que los agricultores sean capaces de aumentar su producción, pero ésta no podrá llegar a las ciudades, y las ciudades no podrán proveer de insumos a las zonas rurales. Los funcionarios destacaron cómo se ha esforzado el gobierno para asegurar que la matriz de energía y la red de transporte llegue a cada aldea china.

Por supuesto, los líderes africanos apreciaron mucho el mensaje que seguía: China está preparada para ayudar a África de maneras sustanciales en los ámbitos agrícola, de obras viales, energético, y en la salud y la educación. En toda África, China está financiando y construyendo infraestructura básica. En la reunión los líderes chinos enfatizaron su disposición a apoyar además la investigación agrícola. Describieron nuevas variedades de arroz de alto rendimiento, las que están dispuestos a compartir con sus contrapartes africanas.

Todo esto ilustra lo que está mal en el Banco Mundial, incluso si se deja de lado el fracaso de la gestión de Wolfowitz. A diferencia de los chinos, con demasiada frecuencia el Banco ha olvidado las lecciones más básicas del desarrollo, prefiriendo darle sermones a los pobres y obligarlos a privatizar infraestructura básica, en lugar de ayudarlos a invertir en infraestructura y otros sectores cruciales.

Las insuficiencias y fracasos del Banco comenzaron a principios de los años 80, cuando la influencia ideológica del Presidente Ronald Reagan y la Primera Ministro Margaret Thatcher intentó hacer que África y otras regiones pobres redujeran o eliminaran inversiones y servicios del estado. A lo largo de 25 años el Banco intentó hacer que los gobiernos se retiraran de la agricultura, dejando a su suerte a los pequeños agricultores empobrecidos. El resultado ha sido un desastre en África, donde la productividad agrícola ha estado estancada por décadas. El Banco también presionó para que se privatizaran los sistemas de salud nacionales, los servicios sanitarios, las redes de caminos y de energía, y desfinanció fuertemente estos sectores esenciales.

Esta ideología extrema de libre mercado, también llamada "ajuste estructural", iba en dirección contraria a las lecciones prácticas de los éxitos del desarrollo de China y el resto de Asia. Una estrategia de desarrollo práctica reconoce que las inversiones públicas -en agricultura, salud, educación e infraestructura- son complementos necesarios a las inversiones privadas. En lugar de ello, el Banco Mundial ha visto equivocadamente estas inversiones públicas vitales como un enemigo del desarrollo del sector privado.

Siempre que fracasaba la ideología de libre mercado extremo del Banco, se ha acusado a los pobres de corrupción, mala gestión o falta de iniciativa. Este era también el enfoque de Wolfowitz. En lugar de centrar la atención del Banco en ayudar a los países más pobres a mejorar su infraestructura, lanzó una cruzada contra la corrupción. Por supuesto, la ironía es que su postura se volvió indefendible cuando sus propias fechorías salieron a la luz. El Banco puede recuperar peso sólo si vuelve a adoptar una perspectiva práctica y vuelve a poner énfasis en financiar inversiones públicas en sectores prioritarios, tal como los líderes chinos están dispuestos a hacerlo.

Las buenas nuevas son que los gobiernos africanos están escuchando y comprendiendo el mensaje sobre cómo impulsar el crecimiento económico, y además están recibiendo ayuda crucial de China y otros aliados menos amarrados a la ideología de libre mercado extremo que el Banco Mundial. Varios gobiernos africanos declararon en la reunión de Shanghai su intención de actuar con decisión, invirtiendo en infraestructura, modernización agrícola, salud pública y educación.

La debacle de Wolfowitz debe ser un llamado de atención para el Banco Mundial: debe dejar de estar controlado por ideologías. Si eso ocurre, todavía puede hacer justicia a la loable y potente visión de un mundo de prosperidad compartida por todos que impulsó su creación tras la Segunda Guerra Mundial.

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