Las promesas incumplidas de asistencia del G8
Jeffrey D. Sachs, 09/05/2007Jeffrey D. Sachs/Project-Syndicate (09/05/07)
Los Objetivos de Desarrollo del Milenio son las metas convenidas a nivel mundial para reducir la pobreza, el hambre y las enfermedades. Establecidos en 2000, tendrían que alcanzarse para 2015. Estamos ahora a medio camino. Hasta la fecha, a pesar de las infinitas declaraciones sobre el aumento de la asistencia a los países pobres, los países ricos del G8 están incumpliendo su parte del trato.
El cinismo abunda en esta materia. En la cumbre del G8 de 2005 en Gleneagles, los países miembros prometieron duplicar la asistencia destinada a África para 2010. Poco después de la cumbre, fui invitado a una pequeña reunión de alto nivel para discutir su seguimiento. Pedí una hoja de cálculo que mostrara el aumento anual planificado y la asignación de tales incrementos por donantes y países receptores.
La respuesta que recibí fue escalofriante. ”No habrá hojas de cálculo. Estados Unidos ha insistido en que no las haya”. La cuestión era clara. Aunque el G8 había hecho una promesa manifiesta, no había un plan para cumplirla. En efecto, había instrucciones precisas de que no habría tal plan.
El G8 ahora está cosechando las consecuencias de su falta de acción. Durante el primer año posterior a la cumbre de Gleneagles, las cifras de la asistencia se manipularon mediante una contabilidad engañosa de las operaciones de cancelación de deuda. Ahora que se han completado la mayor parte de esas operaciones, las cifras revelan la cruda realidad: la asistencia para el desarrollo a África y en general a los países pobres está estancada, en contradicción con todas las promesas que se hicieron.
Específicamente, entre 2005 y 2006, la asistencia total hacia África, excluyendo las operaciones de cancelación de deuda, aumentó en un insignificante 2%. De hecho, el total de la asistencia oficial para el desarrollo a todos los países receptores, tomando en cuenta la cancelación de deuda, efectivamente disminuyó en un 2% entre 2005 y 2006. Incluso el Banco Mundial, que normalmente adopta la postura de los donantes, reconoció recientemente que, excepto por la cancelación de deuda, “las promesas de una mayor asistencia no se han cumplido”.
Las reacciones en privado de los altos funcionarios gubernamentales del G8 son sorprendentes. Un funcionario del G8 me dijo que de cualquier manera todas las promesas de asistencia son mentiras. No coincido con eso, pero el cinismo que refleja ese punto de vista es alarmante. Muestra la naturaleza de las negociaciones en los niveles más altos del G8.
Todo esto parecería insuperable si la economía elemental no fuera evidente. No se trata de objetivos financieros inalcanzables. En efecto, el monto es minúsculo. El G8, que representa casi mil millones de personas, ha prometido incrementar la asistencia a África de 25 mil millones de dólares en 2004 a 50 mil millones de dólares para 2010 –una diferencia que representa menos de una décima parte del 1% de los ingresos del mundo rico donante.
Para ponerlo en perspectiva, los bonos de Navidad que se pagaron este año en Wall Street –solamente los bonos- sumaron 24 mil millones de dólares. El gasto en la guerra de Iraq, que no logra nada más que violencia, es de más de 100 mil millones de dólares al año. Por lo tanto, el compromiso del G8 podría cumplirse si los países ricos así lo quisieran.
Para salvar su credibilidad, el G8 necesita dejar muy claro -una vez más- que va a cumplir su promesa de incrementar la asistencia a África en 25 mil millones de dólares por año para 2010. De esa manera, los cínicos que forman parte de los gobiernos del G8 podrán entender su labor. Además, a diferencia de 2005, el G8 necesita presentar un plan de acción. La falta de compromisos específicos por países específicos es una muestra escandalosa de la gobernanza en su nivel más bajo.
Por último, los países receptores necesitan estar informados sobre los aumentos anuales a la asistencia que pueden esperar para estar en condiciones de planificar con anticipación. La asistencia adicional debería destinarse a la construcción de caminos, plantas eléctricas, escuelas y hospitales, así como a la capacitación de maestros, médicos y trabajadores del sector salud. Toda esa inversión requiere planes y años de implementación. La asistencia no puede ser un juego de adivinanzas. Debe comprometerse en términos claros en un período de varios años para que los receptores puedan utilizarla de modo inteligente y transparente.
Hay que reconocer que parte del problema del G-8 no es simplemente falta de buena fe o de voluntad política, sino de capacidades básicas. El gobierno de Estados Unidos no sabe realmente qué está haciendo en África porque a lo largo de los años, la agencia de asistencia de ese país ha perdido a la mayoría de sus principales pensadores y estrategas. Además, la administración Bush politizó el suministro de la asistencia al canalizarla a través de grupos religiosos privados que forman parte de la coalición política de la administración. Esa es la razón por la que gran parte del financiamiento estadounidense para el SIDA se apega a las restricciones religiosas y no a la ciencia.
Afortunadamente, lo que hay que hacer no es complicado. Los países africanos ya han identificado sus prioridades de inversión en salud, educación, agricultura e infraestructura (incluyendo caminos, electricidad e internet). Estas inversiones podrían aumentarse sistemáticamente durante el período de ahora hasta 2015 a fin de permitir que esos países alcancen los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Los planes ya están en la mesa, o al menos en el cajón, a la espera de que llegue el financiamiento del G-8.
Ya es tiempo de que los países ricos dejen de sermonear a los pobres y cumplan en cambio sus propias palabras. Y los ciudadanos del G-8 deberían hacer responsables a sus gobiernos por lo que han prometido y no han entregado.
Jeffrey Sachs es Profesor de Economía y Director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia.
Copyright: Project Syndicate, 2007.
Traducción de Kena Nequiz