Las grandes promesas de las conversaciones sobre el clima en París, minadas por las escuálidas reducciones

George Monbiot, 13/01/2016,
www.theguardian.com

Si lo comparamos con lo que podría haber sido, es un milagro. Si lo comparamos con lo que debería haber sido, es un desastre.

Dentro del estrecho marco en el que se ha producido, el proyecto de acuerdo de las conversaciones de la ONU sobre el clima en París es un gran éxito. El alivio y las autofelicitaciones con las que fue recibido el texto final reconocen el fracaso de hace seis años en Copenhague, donde las negociaciones se extendieron en el tiempo hasta su colapso. El acuerdo de París sigue aguardando la adopción formal, pero el límite de 1.5º C de calentamiento global al que se aspira, tras haberse rechazado esta demanda durante muchos años, puede verse en este contexto como una gran victoria. En este y otros aspectos, el texto final es más potente que lo que muchos esperaban.

Fuera de ese marco parece algo diferente. Dudo que ninguno de los negociadores crea que como resultado de estas conversaciones no se producirá un calentamiento global. Como reconoce el preámbulo del acuerdo, teniendo en cuenta la debilidad de las promesas hechas por los gobiernos en París, incluso 2º C parecen excesivamente ambiciosos. Aunque negociados de buena fe por algunas naciones, los resultados reales nos llevarán probablemente a niveles de problemas climáticos que serán peligrosos para todos y letales para algunos. Nuestros gobiernos hablan de no cargar con esa deuda a las generaciones futuras. Pero deben reconocer que cargan a nuestros sucesores con un legado mucho más poderoso: el dióxido de carbono producido por la quema continuada de combustibles fósiles y los impactos a largo plazo que ejercerán sobre el clima global.

Con 2º C de calentamiento, grandes zonas de la superficie del mundo serán menos habitables. Probablemente, los habitantes de estas regiones tendrán que enfrentarse a los mayores extremos: empeorarán las sequías en algunos lugares, las inundaciones en otros, las tormentas serán mayores y, posiblemente, todo ello tendrá graves consecuencias sobre el suministro de alimentos. Islas y zonas costeras de muchas partes del mundo corren el peligro de desaparecer bajo las olas.

Una combinación de acidificación de los mares, muerte del coral y fundición del Ártico significa que podrían colapsar cadenas enteras de alimentos marinos. En tierra firme, los bosques pluviales podrían retirarse, los ríos fallarían y los desiertos se extenderían. Es posible que extinciones masivas sean la marca distintiva de nuestra era. Este es el aspecto que tendrá el éxito, tal como lo definen los alegres delegados.

¿Y el fracaso, incluso, desde la perspectiva de sus propios términos? Bueno, también eso es plausible. Aunque los primeros anteproyectos especificaban fechas y porcentajes, el texto final apunta solo a "alcanzar lo antes posible los picos más altos de las emisiones de gases de efecto invernadero". Lo que podría significar cualquier cosa y nada.

En justicia, el fracaso no es achacable a las conversaciones de París, sino a todo el proceso. Un máximo de 1.5º C, a lo que se aspira ahora siendo un objetivo improbable, pudo haberse conseguido en la primera conferencia sobre el cambio climático de la ONU, que se celebró en Berlín en 1995. Dos decenios de procrastinación, causada por la labor de la presión –abierta, encubierta y a menudo totalmente siniestra– del lobby de los combustibles fósiles, combinado con la desgana de los gobiernos de explicar a sus electorados que el pensamiento a corto plazo tenía costes a largo, fueron la causa de que ahora la ventana de la oportunidad se haya cerrado en tres cuartas partes. Las conversaciones de París son lo mejor que ha habido nunca. Y eso es una acusación terrible.

Por avanzado que sea el resultado en comparación con todo lo que ha sucedido antes, nos deja un acuerdo casi cómicamente desequilibrado. Mientras que las negociaciones sobre casi todos los otros riesgos globales intentan abordar ambos lados del problema, el proceso climático de la ONU se ha centrado totalmente en el consumo de combustibles fósiles, ignorando totalmente su producción.

En París, los delegados han acordado solemnemente recortar la demanda, pero cada uno en su país trata de maximizar los suministros. El gobierno del Reino Unido se ha impuesto a sí mismo una obligación legal, por el Infrastructure Act de 2015, de "maximizar la recuperación económica" del petróleo y el gas del Reino Unido. La extracción de combustibles fósiles es un hecho preciso. Mientras que el acuerdo de París está lleno de hechos difusos: promesas que pueden saltarse o desenmarañarse. Hasta que los gobiernos decidan dejar los combustibles fósiles en el suelo, seguirán socavando el acuerdo que acaban de tomar.

Con Barack Obama en la Casa Blanca y un gobierno dirigista vigilando las negociaciones de París, esto es lo mejor que se ha conseguido nunca. Ningún probable sucesor del presidente de EE UU mostrará el mismo compromiso. En países como el Reino Unido, se hacen grandes promesas en el exterior que son minadas por escuálidos recortes en el interior. Lo que suceda a partir de ahora no será visto con agrado por las generaciones posteriores.

Por tanto sí, dejemos que los delegados se feliciten por haber alcanzado un acuerdo mejor de lo esperado. Y dejémosles mitigarlo con una excusa a todos a los que traicionarán.

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