Lamy dice que el mundo necesita una visión común de las políticas allimentarias y de comercio agropecuario

Organización Mundial del Comercio, 17/05/2009

ORGANIZACIÓN MUNDIAL DEL COMERCIO (OMC)

El Director General Pascal Lamy, en un discurso pronunciado el 10 de mayo de 2009 ante el Consejo Internacional de Políticas Alimentarias y de Comercio Agropecuario en Salzburgo (Austria), dijo que “las políticas alimentarias y de comercio agropecuario no se aplican en el vacío. Dicho de otro modo, por muy elaboradas que sean nuestras políticas comerciales, si las políticas internas no incentivan por sí mismas la agricultura, ni incorporan los aspectos sociales y ambientales externos negativos, seguiremos teniendo un problema.” El Director General dijo lo siguiente:

Señoras y señores:

Gracias por invitarme a estar aquí esta noche y por permitirme que reflexione con ustedes sobre el futuro de las políticas alimentarias y de comercio agropecuario. Es fundamental que todos nosotros hagamos una pausa en nuestros quehaceres y responsabilidades de cada día para pensar en lo que sucederá a largo plazo.

Quisiera empezar diciendo que las políticas alimentarias y de comercio agropecuario no se aplican en el vacío. Dicho de otro modo, por muy elaboradas que sean nuestras políticas comerciales, si las políticas internas no incentivan por sí mismas la agricultura, e incorporan los aspectos sociales y ambientales externos negativos, seguiremos teniendo un problema.

Les pondré un solo ejemplo: la cuestión del tamaño de las explotaciones agrícolas. En muchas partes del mundo, y en particular en las zonas más pobres, la tierra se está dividiendo por medio de la herencia entre una población en aumento, y el tamaño de las explotaciones agrícolas está disminuyendo.

En la India, el tamaño medio de las fincas se redujo de 2,6 hectáreas en 1960 a 1,4 en 2000, y continúa reduciéndose. En Bangladesh, la situación es aún peor. Durante este período se duplicó literalmente el número de explotaciones agrícolas y su tamaño pasó de 1,4 a 0,6 hectáreas; también aumentó el número de personas sin tierras. Si bien las pequeñas explotaciones agrícolas tienen sus ventajas, el rendimiento tiende a ser más alto en las de mayores dimensiones.

Asimismo, está bien documentado que algunos de los países más pobres del mundo han sido los que más han gravado la agricultura y que la reinversión de los ingresos fiscales en la agricultura ha sido escasa. La combinación de políticas a nivel nacional debe ser, por tanto, el punto de partida de cualquier debate sobre las políticas alimentarias y agrícolas.

La ordenación territorial, la gestión de los recursos naturales, la disponibilidad de agua, los derechos de propiedad, el cumplimiento de las obligaciones, el almacenamiento, la infraestructura del transporte y la distribución, los sistemas de crédito y la ciencia y la tecnología son todos ellos piezas esenciales del rompecabezas de la agricultura y la seguridad alimentaria.

No cabe duda de que las políticas comerciales forman parte de este panorama. Pero, por sí solas, no pueden resolver todos y cada uno de los problemas de la agricultura. Entre otras razones porque, a fin de cuentas, el comercio no es más que una simple correa de transmisión entre la oferta y la demanda. Tiene que funcionar sin trabas, con pocas fricciones, pero es tan sólo un elemento de una maquinaria mucho más compleja.

Yo diría que las políticas de comercio agropecuario han dado bastantes “tumbos” en los dos últimos decenios. Pero no quisiera ir más lejos al caracterizar la situación. Sí, sólo hemos avanzado dando “tumbos”. No hemos tomado medidas firmes, colectivas y decisivas. La razón de ello es que, hasta hoy, el mundo no ha tenido una visión común de cómo debe ser la integración mundial y qué puede aportar a la agricultura.

Permítanme que me explique. Creo que todos estamos de acuerdo en cuáles son los objetivos básicos que esperamos de nuestros sistemas agropecuarios. Todos deseamos lograr suficientes alimentos, piensos, fibras, y algunos incluso desean obtener combustibles. Deseamos alimentos y piensos nutritivos. Deseamos alimentos y piensos inocuos. Deseamos un nivel de vida decente y cada vez más alto para nuestros agricultores. Deseamos que los consumidores dispongan de alimentos asequibles. Deseamos unos sistemas de producción agropecuaria que sean acordes con la cultura y las costumbres locales y que respeten el medio ambiente a lo largo de todo el ciclo de vida de los productos.

En lo que todavía no estamos de acuerdo es en lo que la integración mundial puede aportar a este proceso. En mi opinión, la integración mundial nos permite pensar en la eficiencia más allá de las fronteras nacionales. Nos permite aumentar la eficiencia a escala mundial desplazando la producción agropecuaria a aquellos lugares en que mejor puede desarrollarse. Como digo a menudo, si un país como Egipto pretendiera alcanzar la autosuficiencia en el sector agropecuario, pronto necesitaría más de un río Nilo. Eso significa, básicamente, que la integración mundial debe permitir también que los alimentos, los piensos y las fibras viajen de los países en que se producen de manera eficiente a los países en que existe demanda.

Debemos recordar que las fronteras nacionales sólo se establecieron mediante un largo juego histórico de sillas musicales. Se invitó a todos los pueblos a ponerse en pie y se les concedió cierto tiempo para que se peleasen por las tierras. A continuación, sonó en el mundo un silbato. Mientras que algunos se encontraron asentados en tierras fértiles, con horas de sol y agua dulce en abundancia, otros se vieron condenados a terrenos áridos e inhóspitos. En consecuencia, se impuso el comercio (ventaja absoluta). Pero hubo además otras razones que justificaron el comercio, como las diferencias en la eficiencia relativa de la producción (lo que también se conoce como ventaja comparativa) y la proximidad geográfica, de la que nos ha hablado el Premio Nobel Paul Krugman.

Sin embargo, a pesar de esta realidad comercial, en la Organización Mundial del Comercio los países continúan discrepando sobre si la agricultura es similar a las camisas, el calzado o los neumáticos y debería estar sujeta al mismo régimen comercial. De ahí la especificidad de la agricultura en el conjunto de normas de la OMC. La agricultura se incorporó a ese conjunto de normas unos 50 años después que los productos industriales, y lo hizo en condiciones diferentes. Por ejemplo, las subvenciones a la exportación, que están totalmente prohibidas para los productos industriales, ¡tienen que ser aún eliminadas gradualmente en la esfera de la agricultura mediante la Ronda de Doha! Además, mientras que las subvenciones perjudiciales a los productos industriales son recurribles en la OMC, muchas subvenciones agrícolas perjudiciales encuentran refugio en los compartimentos ámbar y azul, así como en una cláusula de paz. El promedio ponderado en función del comercio de los aranceles aplicados a los productos industriales en el mundo es del 8 por ciento aproximadamente, pero en la agricultura es del 25 por ciento. ¡Por no hablar de las crestas arancelarias, que en la agricultura son todavía de hasta el 1000 por ciento!

Esta división fundamental adquirió una dimensión diferente en la crisis alimentaria del último año. Como respuesta a esa crisis, algunos países empezaron a replegarse sobre sí mismos, y vimos surgir toda una serie de restricciones a la exportación. Mientras tanto, otros empezaron a mirar al exterior más de lo que nunca habían hecho, al ver en peligro su seguridad alimentaria dado que dependían de las importaciones. Un aspecto singular de esta situación fue que países situados en uno y otro lado de los obstáculos a la exportación se quejaron todos ellos de lo mismo: el hambre. De ahí el fenómeno de la compra de tierras agrícolas en el extranjero, denominada por algunos “pillaje de tierras”, que presenciamos actualmente.

A medida que se desarrollaba la crisis, veíamos también al Relator de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación llegar a la desoladora conclusión de que es necesario que los países “eviten depender de manera excesiva del comercio internacional en su búsqueda por alcanzar la seguridad alimentaria”. Conclusión que abordaré en mi primer debate público con él mañana en Ginebra. Diversos grupos de agricultores han exigido también la “soberanía alimentaria”, concepto por el que entienden, como el Sr. De Schutter, una mayor autosuficiencia.

Señoras y señores, el comercio internacional no fue el origen de la crisis alimentaria del último año. Si algo ha hecho el comercio internacional, ha sido reducir el precio de los alimentos a lo largo de los años mediante una mayor competencia y aumentar el poder adquisitivo de los consumidores.

El comercio internacional de productos agropecuarios representa menos del 10 por ciento del comercio mundial. Es importante que ustedes sepan que, mientras que el 50 por ciento de la producción mundial de productos industriales es objeto de comercio internacional, en el mundo sólo se comercializa el 25 por ciento de la producción mundial de alimentos. Además, la mayor parte de ese 25 por ciento consiste en productos alimenticios elaborados, y no en arroz, trigo y soja, como algunos pretenden. Sugerir que menos comercio y más autosuficiencia son las soluciones a la seguridad alimentaria equivaldría a argumentar que el propio comercio es el culpable de la crisis. Esta afirmación sería difícil de sostener a la luz de las cifras que acabo de darles.

El Ministro de Comercio del Yemen se quejaba recientemente de las políticas de “hacer pasar hambre al vecino” derivadas de la crisis alimentaria, que estaban privando al Yemen de su alimento básico: el arroz. ¿Debemos responder al Yemen recomendándole autosuficiencia, recomendándole que cultive su propio trigo como Arabia Saudita, que intentó el experimento pero le puso término este año debido a la gran cantidad de agua que requería? ¿O debemos responder al Yemen reforzando la interdependencia mundial y mejorando la fiabilidad del comercio internacional?

A pesar de que no existe una visión común de las políticas de comercio agropecuario, creo que el mundo está avanzando en la dirección correcta, aunque eso no significa, por supuesto, que nuestro trabajo haya concluido. Entre 2000 y 2007, las exportaciones de productos agropecuarios de los países en desarrollo a los países desarrollados crecieron un 11 por ciento al año; ese crecimiento fue más rápido que el de las corrientes comerciales en la dirección opuesta, que se situó en el 9 por ciento. Esto significa que por fin estamos empezando a corregir desequilibrios históricos y a establecer condiciones de igualdad en el comercio internacional.

La competitividad internacional de los países en desarrollo en el sector agropecuario se está convirtiendo en una realidad innegable. Yo pediría a quienes sostienen que el mundo en desarrollo adolece de una productividad agrícola mucho más baja que examinen los gráficos de la FAO sobre rendimientos. El mundo en desarrollo encabeza esos gráficos en cuanto a kilogramos por hectárea de caña de azúcar, remolacha azucarera, arroz, trigo, maíz y otros productos básicos.

Las tendencias a largo plazo indican también que, a pesar de la crisis alimentaria, estamos logrando gradualmente que los productos alimenticios sean más asequibles, aunque no pretendo minimizar en modo alguno el hambre que continúan sufriendo millones de personas en todo el mundo. Mientras que en 1990, los peruanos destinaban el 60 por ciento de sus ingresos a la alimentación, actualmente sólo gastan en ella el 32 por ciento. Esta situación es similar a la que se observa en otros continentes. Por ejemplo, mientras que los habitantes de Bangladesh destinaban entonces el 60 por ciento de sus ingresos a la alimentación, hoy sólo le destinan el 50 por ciento. Son tendencias importantes a largo plazo.

Si bien hemos de llegar a un acuerdo sobre una visión común de las políticas de comercio agropecuario, el mundo ha realizado progresos importantes. Hemos de seguir llevando adelante la integración mundial que ha impulsado el crecimiento económico y ha dado lugar a un aumento de la eficiencia. Sin embargo, debemos preguntarnos por qué existe un resentimiento tan generalizado hacia la apertura del comercio. Creo que la respuesta es evidente. Es porque todavía debemos crear redes de seguridad sólidas para los pobres del mundo. Considero que todos los gobiernos deben prestar atención, urgentemente, a esta cuestión. Mientras no existan esas redes de seguridad, en épocas de crisis siempre se ocasionará resentimiento si se envían al extranjero alimentos de un país.

Tendremos que actuar también conjuntamente, y de manera responsable, para abordar lo que es ahora uno de los problemas ambientales más graves del mundo: el cambio climático. Las sequías y otras perturbaciones a que puede dar lugar el cambio climático me han llevado al convencimiento de que el comercio internacional será aún más imprescindible en el futuro. La agricultura representa el 14 por ciento aproximadamente de todas las emisiones antropógenas de gases de efecto invernadero, pero en algunos países, como Nueva Zelandia, Australia o la Argentina, representa casi la mitad de las emisiones totales.

He estado siguiendo atentamente los esfuerzos realizados por algunos países para controlar las emisiones del sector agropecuario. En mi opinión, también sería más fácil desplegar esos esfuerzos en el marco de una visión común de la integración mundial. Dicho esto, cuentan con todo mi apoyo: ¡es evidente que necesitamos un punto de partida!

Gracias por su atención.

Artículo original:

http://www.wto.org/spanish/news_s/sppl_s/sppl124_s.htm

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