¿EL FMI PUEDE PREVENIR UNA CATÁSTROFE TOTAL?

Kenneth Rogoff, 26/09/2006,
Project Syndicate

Cuando los líderes financieros mundiales se reúnan en Singapur este mes para las reuniones conjuntas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, deben abordar un interrogante particularmente importante. ¿Hay alguna manera de persuadir a los miembros más importantes del FMI, especialmente Estados Unidos y China, de que ayuden a disipar los riesgos planteados por los desequilibrios comerciales masivos del mundo?

Este año, Estados Unidos pedirá prestados alrededor de 800.000 millones de dólares para financiar su déficit comercial. Increíblemente, Estados Unidos hoy está absorbiendo aproximadamente las dos terceras partes de todo el ahorro neto global, una situación sin precedentes históricos.

Si bien esta orgía de endeudamiento podría tener un final halagüeño, como especuló el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, la mayoría de los líderes financieros mundiales tienen razón al preocuparse por una realineación más precipitosa que probablemente desataría una depreciación masiva del dólar y posiblemente algo mucho peor. De hecho, si quienes dictan las políticas siguen adoptando una actitud pasiva, no resulta difícil imaginar una marcada desaceleración global o, incluso, una crisis financiera devastadora.

Aunque Bernanke tenga razón al imaginar un aterrizaje tranquilo como el pronóstico más factible, el sentido común sugeriría ponerse de acuerdo sobre algunas medidas profilácticas, aunque esto signifique que Estados Unidos, China y otros grandes contribuyentes a los desequilibrios globales tengan que digerir una medicina amarga. Desafortunadamente, lograr que los políticos en los grandes países se concentren en algo que no sea sus propios imperativos domésticos dista de ser una tarea sencilla.

Aunque la comparación sea injusta, es difícil no recordar el viejo comentario irónico sobre el pariente del FMI, las Naciones Unidas. "Cuando existe una disputa entre dos naciones pequeñas, las Naciones Unidas interfieren y la disputa desaparece. Cuando existe una disputa entre una nación pequeña y una nación grande, las Naciones Unidas interfieren y la nación pequeña desaparece. Cuando existe una disputa entre dos naciones grandes, las Naciones Unidas desaparecen".

Afortunadamente, el FMI todavía no se esconde, aunque a algunos grandes jugadores, en realidad, no les guste lo que tiene para decir. El titular del FMI, el español Rodrigo Rato, insiste, y con razón, en que China, Estados Unidos, Japón, Europa y los principales exportadores de petróleo (hoy la mayor fuente de capital nuevo del mundo) adopten medidas concretas para aliviar el riesgo de una crisis.

Aunque todavía deben decidirse los detalles exactos, estas medidas podrían incluir una mayor flexibilidad del tipo de cambio en China y quizás una promesa de parte de Estados Unidos de mostrar un mayor compromiso con el ajuste fiscal. Los exportadores de petróleo, a su vez, podrían aumentar el gasto por consumo interno, lo cual estimularía las importaciones.

De la misma manera, el Japón de la post-deflación podría prometer no recurrir nunca más a una intervención masiva para impedir que su moneda se deprecie. Europa, por su parte, podría acordar no hacer trastabillar a su recuperación con nuevos impuestos inoportunos como los que está contemplando Alemania actualmente.

¿Acaso el FMI logrará que se selle un acuerdo? El reciente colapso catastrófico de las conversaciones de comercio global no es un presagio alentador. Europa, Japón y (en mucha menor medida) Estados Unidos simplemente no estaban dispuestos a eliminar sus lobbies agrícolas pequeños pero influyentes. El resultado trágico es que algunos de los países más pobres del mundo no pueden exportar sus productos agrícolas, una de las pocas áreas en las que podrían competir en términos realistas con países como China y la India.

Afortunadamente para Rato, encarar los desequilibrios globales puede ser una situación en la que todos ganan. Las mismas políticas propuestas para cerrar los desequilibrios comerciales globales, en general, sirven para abordar las cuestiones económicas domésticas de cada país.

Por ejemplo, China necesita un tipo de cambio más fuerte para ayudar a frenar la inversión maníaca en su sector exportador y, así, reducir las probabilidades de un colapso al estilo de los 90. En cuanto a Estados Unidos, un marcado incremento de los impuestos energéticos sobre la nafta y otros combustibles fósiles no sólo ayudaría a mejorar el balance general del gobierno, sino que sería también una manera de empezar a abordar el tema del calentamiento global. ¿Qué mejor manera para que el nuevo secretario del Tesoro norteamericano, Hank Paulson, un ambientalista declarado, haga una entrada sensacional en el escenario de la política mundial?

De la misma manera, los tecnócratas del Bank of Japan seguramente son conscientes de que podrían manejar la economía de una manera mucho más eficiente si renunciaran a las técnicas anacrónicas de intervención en el tipo de cambio y sinceramente adoptaran las reglas modernas para las tasas de interés como las que utilizan la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo.

Ahora que Europa está en un movimiento cíclico ascendente, los ingresos tributarios deberían empezar a aumentar incluso sin tasas impositivas más altas. ¿Por qué, entonces, correr el riesgo de sofocar la recuperación naciente del continente en la cuna? Arabia Saudita, con sus florecientes ingresos petroleros, podría usar un gran acuerdo para reforzar la imagen del país como un soporte importante de la estabilidad financiera global.

Si el endeudamiento épico de Estados Unidos de hoy efectivamente termina en lágrimas, y si los líderes mundiales no ayudan al FMI a llevar esta tarea adelante, la historia no los tratará amablemente. Por el contrario, serán culpados por no ver una catástrofe inminente que los estaba mirando a la cara. Esperemos que, en esta ocasión, en la diplomacia internacional, lo único que desaparezca sean los desequilibrios comerciales globales masivos y no los líderes y las instituciones que, supuestamente, deben hacerse cargo de ellos.

Kenneth Rogoff es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard, y fue economista principal del FMI

Copyright: Project Syndicate, 2006.
Traducción de Claudia Martínez

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