¿Nos importa?

George Monbiot, 01/06/2014,
www.monbiot.com

No duró tanto. El interés público estimulado por el estado del mundo natural provocado por las inundaciones de invierno remitió casi tan rápidamente como retrocedió el agua. Una encuesta de YouGov mostró que el número de encuestados que colocaban el medio ambiente entre las tres cuestiones preocupantes se elevó del 6% a mediados de enero al 23% a mediados de febrero. A principios de abril —aunque el Intergovernmental Panel on Climate Change acababa de publicar dos grandes y terroríficos informes— la proporción había descendido al 11%.

CarbonBrief ha hecho un diagrama de los resultados en este gráfico:

Mantener el interés por esta gran crisis, que arde a fuego lento, es un desafío que no parece que nadie haya controlado. Solo cuando la crisis causa o exacerba un desastre agudo —como las inundaciones—, se produce un parpadeo de ansiedad, que desaparece rápidamente.

¿Por qué es tan difícil persuadir a la gente para que se preocupe de nuestro maravilloso planeta, el mundo en el que estamos y del que dependemos totalmente? ¿Y por qué encontramos una oleada de hostilidad y negación siempre que lo intentamos (y no solo por parte de los mentirosos profesionales que son pagados por compañías del carbón, el petróleo y la madera para sembrar confusión y canalizar el odio)?

Lo primero que se observa, al intentar responder a esta cuestión, es que los países anglófonos ricos son anómalos. En este diagrama de barras (copiado de la página web del New York Times) puede ver lo atípicas que son las actitudes de la gente de Estados Unidos y el Reino Unido. Como casi todo lo que leemos en el Reino Unido está publicado en naciones ricas de lengua inglesa, podríamos tener la impresión de que el mundo no se preocupa demasiado.

Probablemente esta creencia se ve reforzada por la noción aceptada de que dirigimos el mundo del conocimiento, la sofisticación y la compasión. El diagrama de barras me recuerda una cita quizás atribuida erróneamente a Gandhi. Cuando durante una visita a Gran Bretaña un periodista le preguntó por su opinión sobre la civilización occidental, se cuenta que respondió: "Creo que sería una buena idea".

Nuestra creencia errónea de que estamos más preocupados por el cambio climático causado por la humanidad que los pueblos de otras naciones, da forma al sentimiento, voceado a menudo por periodistas y políticos, de que es inútil actuar si el resto del mundo no hace lo que debe. Por ejemplo, el año pasado el canciller George Osborne comentó:

"No quiero que seamos el único pueblo que se coloca por delante del resto del mundo. Creo sinceramente que no deberíamos ponernos a la cabeza de nuestros socios europeos".

Pero no somos "el único pueblo que se coloca por delante del resto del mundo". En realidad, no estamos delante en absoluto. Tal como sugiere este mapa creado por la Oxford Universitys Smith School, vamos algo retrasados no solo con respecto a algunas otras naciones ricas, sino también con respecto a varios países mucho más pobres que el nuestro.

 Estados Unidos, Australia y Canadá se unen a las peores posiciones: no limitan su masiva contribución a un problema global. Justificamos nuestra falta de eficiencia con una premisa errónea. Nuestro rechazo a dejar de bombear tanto dióxido a la atmósfera es puro egoísmo.

Tanto el mapa como el diagrama de barras se solapan en cierta medida con los resultados fascinantes de la Encuesta Greendex de actitudes de los consumidores.

Durante años se nos ha dicho que las naciones no podrán permitirse preocuparse por el mundo natural hasta que sean ricas; que solo el crecimiento económico puede salvar la biosfera, que la civilización va en favor del conocimiento de nuestro impacto sobre el planeta vivo. Los resultados sugieren lo opuesto.

Como podemos ver en el gráfico siguiente, las personas consultadas en los países más pobres, por término medio se sienten mucho más culpables de su impacto en el mundo natural que las personas de los países ricos, aunque el impacto de los pobres sea muy inferior. De las naciones incluidas en la encuesta, los pueblos de Alemania, Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña son los que menos culpables se sienten por sus hábitos de consumo; los pueblos de India, China, México y Brasil son los que se sienten más culpables.

Cuanto más consumimos, menos sentimos. Y quizá esto no se aplique solo a la culpa.

Quizá esa sea la base de nuestro por otra parte inútil hiperconsumo: suaviza la percepción. También puede ser el efecto del bombardeo constante de la publicidad y el márketing. Intentan sustituir nuestro sentimiento de unión a las personas y lugares por nuestra conexión a los objetos: conexiones que la siguiente oleada de publicidad rompe, con la esperanza de que nos sintamos unidos a una serie diferente de objetos.

Cuanto más ricos somos y más consumimos, parece que nos volvemos más egoístas y menos atendemos a la vida de los demás. Incluso aunque de alguna manera demos de lado a los impactos directos y físicos del crecimiento del consumo, es difícil entender cómo alguien puede imaginar que el crecimiento económico es una fórmula para proteger el planeta.

Lo que nos parece ver aquí es el giro de un círculo vicioso. Cuanto más daño hacemos, menos nos preocupa en qué nos convertimos. Y cuanto más destruya el hiperconsumismo las relaciones, las comunidades y la trama física de la Tierra, más tratamos de llenar ese vacío en nuestra vida comprando más cosas.

En las naciones anglófonas ricas, todo esto se acompaña por el neoliberalismo extremo promovido por la prensa y los políticos, y por una gran concentración de poder en manos de los sectores financieros y de los combustibles fósiles, cuyos lobbies trabajan duro, en la esfera pública y en la privada, para impedir el cambio.

Por eso el nivel de preocupación, perennemente bajo, que sube momentáneamente cuando se produce un desastre, y luego vuelve a caer al letargo habitual,  es un resultado casi inevitable de una sociedad que ha sido reestructurada alrededor de las compras, la moda, la celebridad y una obsesión por el dinero. Cómo podremos romper el círculo y despertar a la gente de este mundo de ensueño es la pregunta que deberíamos plantearnos todos los que amamos el planeta vivo. No encontraremos respuestas fáciles.

Traducido para Globalízate por Victor García.

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